Más de cinco décadas de guerra en Colombia han dejado cerca de ocho millones de víctimas. Esto quiere decir que frente a una población de 47 millones alrededor del 17 por ciento de ella ha sufrido de manera directa las consecuencias de una guerra cruenta: asesinatos, secuestros, desplazamientos, masacres, destrucción. Colombia es el país con más desplazados internos del mundo, casi siete millones. Por supuesto, matemáticamente estas cifras son débiles, pero independientemente de ello bien muestran la dimensión y el horror del conflicto colombiano.

Además de ello, enteras generaciones han estado condenadas a vivir en un país en el que el pan de cada día es la violencia, la inseguridad, el rencor y también en muchos casos la indiferencia ante las poblaciones más desprotegidas, marginales, olvidadas. Hay que recordar que el conflicto es en parte el resultado de una sociedad que ha privado a gran parte de su población del desarrollo social, político y económico del país y ha ido creando una sociedad cada vez más injusta y desigual.

Hoy en día, Colombia está atravesando un momento histórico.
Tiene la oportunidad de voltear la página para dejar de estar anclada en esa pasado de fatalidad y darse la oportunidad de forjar el país de las posibilidades. Un país en el que a través del perdón y la reconciliación podamos crear una patria generosa, inclusiva y que de esperanza a todos sus habitantes. Se trata de perdonar a quienes cometieron actos atroces en un estado de guerra; se trata de perdonar a quienes desde su posiciones privilegiadas ignoraron el destino injusto de sus hermanos compatriotas sumidos en la pobreza y la violencia; se trata de perdonar al Estado colombiano que durante cinco décadas fue incapaz de imponer un modelo de desarrollo que creara una unidad nacional en el que diera oportunidades para todos. Muchas de las víctimas y de las poblaciones más azotadas por la violencia están dispuestas al perdón.

El 24 de agosto el Gobierno de Colombia y la guerrilla de las FARC dieron por concluidos cuatro años de negociaciones en la Habana para lograr un acuerdo de paz que busca ponerle fin al conflicto. El acuerdo de 297 páginas contiene seis puntos fundamentales: Política de desarrollo rural integral; Participación política; Fin del conflicto; Solución al problema de las drogas ilícitas; Reparación de víctimas: Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación; e Implementación, verificación y refrendación. El 2 de octubre habrá un plebiscito en el que la población manifestará con su voto si acepta o no el acuerdo de paz.
Desafortunadamente el país está completamente polarizado. Mientras que los partidarios del Si consideran que este es un camino para construir un nuevo futuro, una vía para dejar un legado de vida, paz, amor y optimismo a las generaciones presentes y futuras, los partidarios del no tienen su corazón atrapado en medio del odio, el rencor y la desconfianza.
Los partidarios del no consideran que el acuerdo abre las puertas a la impunidad porque prevé el castigo carcelario tradicional para los responsable de crímenes de lesa humanidad solo en caso de que no haya confesión de la verdad, no se repare a las víctimas y no se cumpla con las penas restauradoras o se violen cualquiera de los acuerdos pactados. Los partidarios del no argumentan también que es inaceptable que los líderes guerrilleros responsables de crímenes puedan participar y tener garantías en política. En realidad el acuerdo prevé sanciones que buscan sobre todo satisfacer a las víctimas y conciliar la paz. Los jefes de las FARC reconocen que la guerra es inútil y han pactado entregar las armas a cambio de algunas reformas, espacios políticos y someterse a un Tribunal independienteEl sistema de justicia transicional privilegia la verdad, la reparación y el compromiso de no repetición. Las penas tendrán un carácter constructivo y de reparación (desminado, erradicación de cultivos ilícitos, construcción de obras, búsqueda de personas dadas por muertas o desaparecidas, entre otras) compatibles con un proceso de paz y con espíritu de reconciliación. Por otro lado, si no se ofrecen espacios de participación en el que se dé la oportunidad de confrontarse en el campo de las ideas, por qué las FARC deberían dejar las armas?
Me parecen respetables las opiniones de quienes abanderan el NO pero creo que pocos son los argumentos contundentes que se han esgrimido ya que sus posiciones están sustentadas por emociones de rabia, odio u otros sentimientos similares. Además me parece que sus ideas están fuera de contexto pues desestiman o ignorar el hecho de que este es un acuerdo de paz que busca terminar una guerra. La pregunta de Rodrigo Uprimny me parece sensata y pertinente: ¿es este acuerdo globalmente considerado suficientemente digno que decido apoyarlo, en nombre de una paz altamente probable? Mi respuesta es definitivamente Sí.
El camino del No dejaría al país sumido en el pesimismo y la desesperanza ya que una renegociación del acuerdo no parece viable y por lo tanto existe la posibilidad de un retorno a la guerra. Yo voy a votar por el Sí, mil y mil veces Sí. Lo hago con convicción y conocimiento. Mi voto será un voto informado, consciente y sentido. Voto por el Sí porque valoro el logro de una paz negociada y porque pienso que aunque no perfecto el acuerdo es bueno, porque es el único acuerdo posible. Voto por el Sí para dejar la puerta abierta a la creación de nuevos escenarios que permitan cambiar la cultura en la que hemos crecido, la cultura de la guerra, destrucción y muerte hacia una cultura de paz, reconstrucción y vida. El camino del Sí, abre un espacio hacia el cambio y coloca a todos los colombianos en una situación de responsabilidad ante el compromiso de crear una sociedad más justa y participativa que cree las condiciones para garantizar una paz sostenible y duradera. El camino del Sí por supuesto tiene riesgos, desafíos, incertidumbres pero es la única opción posible si queremos darnos una oportunidad.
Termino este breve artículo con unas palabras pronunciadas por Humberto de la Calle, jefe del equipo negociador por parte del gobierno en el las negociaciones de la Habana, en la comunicado anunciando el cierre de las negociaciones: “La faena que sigue nos compromete a todos. Vendrán discusiones, ajustes y sacrificios. Necesitamos comprensión, altruismo, tenacidad y paciencia. Tenemos que asumir una responsabilidad como colectividad humana, en la que cada quien debe jugar su propio papel. No me refiero solo a contribuciones materiales. Hasta el último de los colombianos tiene mucho que aportar. Desprendimiento, unidad, disposición para reconocer al ciudadano como portador de derechos, aún si ese ciudadano en el pasado ha afectado a otros. Lo mínimo que nos debemos mutuamente es dar paso a una nueva oportunidad de vida. Esa es la palabra: oportunidad. No debemos limitarnos a celebrar el silencio de los fusiles. Lo que realmente importa es que se abren caminos para dejar atrás la violencia y reconstruirnos desde el respeto”.

Martha Osorio

Un paso hacia la paz

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